IRINA LÓPEZ
“but this body
is home, is my childhood
is buried here, my sleep rises and sets inside,
desire
crested and wore itself thin
between these bones
I live here.”
Lisel Mueller, from “A Nude by Edward Hopper.”
Con el secador en la mano me preparo para cambiar una vez más mi apariencia, para hacer de mí misma la versión con la que me siento más a gusto. Enumero con la vista que todo lo necesario esté a mi alcance: el cepillo, el protector térmico, el aceite capilar, la pinza… A ver, ¿dónde la puse? Alzo sin mucho apuro la vista y me topo frente al espejo con la muchacha de 19 años, la de la fotografía en Plaza Venezuela.
Mismos cabellos rizados, ojos alumbrados, cuerpo flaco y sonrisa que oculta dientes.
Ya no tiene puestos los Levi’s de hombre a los que no supo arreglarles el tiro, ni hace con el pulgar un signo de aprobación a la salida del metro. Tampoco está lista para comenzar otra mañana de clases en la universidad. Por lo contrario, todo en ella está más viejo, más usado; viene con instrucciones y práctica.
A la que miro es a su reflejo, pues entre ella y yo hay varias vidas de separación.
No sé cómo me la he conseguido hoy en este baño, mas no puedo dejar de contemplarla con alegría y cariño. Quiero abrazarla, sujetarme a ella como un broche en el cárdigan de nuestro abuelo, pero la memoria me advierte que ese tipo de gestos suelen parecerle «demasiado». Así que me comporto como me lo exige el momento.
Un simple gesto. Con ella eso bastará.
Entre el lavamanos y la ducha extiendo mi brazo y la invito a que pase, a que conozca mi mundo.
Entra, como era de esperarse, sin pensarlo, con esos ojos grandes de cintas marrones que lo graban todo; que siempre la delatan, que se enfocan en lo que les gusta, también en lo que no. Imprudencia, que por lo visto, yo también comparto, pues ahora es que logro anticipar el ciclón de preguntas que me vienen con esta: «¿España? ¿Ya has ido a la Sagrada Familia?, ¿has visto El vuelo de brujas de Goya?», «¿Casi veintiún años en los Estados Unidos? ¿En serio?: ¿en Los Ángeles como The Doors y en Minnesota como Brandon y Brenda Walsh?», «¿Te sabes las letras de One de U2? ¡Tradúcemelas!», «¿A qué edad te salieron canas?», ¿Desde cuándo usas esos culos de botella?, «Ya va, ¡¿qué?!: ¡¿casada?!», «¿Perros, no gatos?… «¿Es…?, ¿escritora? ¿Y sirves para eso?».
Sin alejarme de su imagen contesto todo lo que quiere saber, y si advierto que recoge las palabras y las encierra en sus labios sin arrugas, ni pecas, le confieso sin rodeos que, lamentablemente, no soy todo lo que se propuso ser, pero que a dieciocho minutos de cumplir los cuarenta y nueve años, ya estoy en la capacidad de entenderla, valorarla y cuidarla, porque en este lugar habita una persona que ya no vive por instinto, sino con propósitos. Pero que mientras, si no es mucho pedir, ¿podría regalarme este momento para pasarlo en su compañía? Porque verla es regresar al apartamento de mi abuela y comer en familia la torta que mi tía llevaba casi todos los domingos; es ir de nuevo a playa Pantaleta con dos criznejas y un bikini azul con estampado de margaritas; preguntarle a Roxy, echada en la toalla de al lado, ¿cómo están Mauricio y mi tío José Antonio? Es el chiste de ver en mi cuarto cómo el I Ching predice el futuro.
Mientras la escucho pongo de nuevo los pies en Caracas, su Caracas, la que era otra, y juntas caminamos bajo la lluvia en ese instante en el que toda ella brota sin permisos ni arrepentimientos.
Entre charcos me contagio con su espíritu de aventuras y de conocimientos, con su sentido del humor navaja suiza. Nos mojamos, porque los buenos momentos no los interrumpe la atmósfera con su agua, y puedo ver después de muchos años la ropa chorreando. Su blusa Acá New que seguro la compró con el salario de ¿promotora de Ron Santa Teresa?, ¿la Electricidad de Caracas? Mi salto de cama que adquirí en Gilt, a través de una computadora.
Oh, vaya revelación va a ser esta.
Le pregunto por sus mañanas en la universidad, sus tardes en el trabajo y sus noches donde la ciudad la invite; por todas las veces que ha visto perder a los Tiburones de La Guaira. Incluso estoy dispuesta a escuchar su cuento del tal chi al que sé que fue solo una vez, pero que ella insiste que practicó por meses. Lo mismo que sus amores platónicos; el cómo la pobre confunde el que un muchacho le caiga muy bien, con el que le guste; que me hable de los chakras, los signos, de la compatibilidad astrológica con mi esposo.
Qué afortunada sería si, ocasionalmente, pudieran regresar a mí las niñas, las adolescentes, todas las mujeres que fui; si al asomarse y ver para acá pudieran sentir que este, además de su hogar es su país natal, el lugar a donde realmente pertenecen; que conmigo tendrán afecto, techo, cama, comida y agua. Todo lo que les faltó, y que yo, poco a poco con algunas de ellas, fui alcanzando y metiendo en mí como un relleno.
Mientras, sigo platicando con esta, que es feliz sin hacer un esfuerzo. A pesar de todo lo que le ha acontecido; de las tragedias precoces. Que es libre como algo que pertenece a una selva o que flota en el espacio. Con todo ese poder y responsabilidad desde los 17 años. Tal vez por eso, teniendo aún las mismas alas, no puedo dejar de sentir su peso.
Ya es un poco más de la medianoche. Es hora de despedir a esta muchachita que admiro y quiero, que seguro ya está pensando en la ropa que va a ponerse y dónde va ir a rumbear. Es tiempo de regresar a la imagen que me devuelve el espejo. Una de cuarenta y nueve años que ha nacido sabiendo que puede rescatar lo mejor de esas otras y sumarlas a quien es, también a la persona que quiere ser.
Escrito el 24 de marzo de 2025.