La Virgen de la Leche detalle
Escultura medieval de la Virgen de la Leche en el Minneapolis Institute of Art / Foto: Irina López

CUENTOS

La tragedia de la familia Pelolindo

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     Tazas y una jarra de café salían de la cocina de la familia Pelolindo. Apiñados alrededor del teléfono esperaban inquietos a que el aparato grisáceo de disco de marcado y cable ensortijado, repicara, emitiera algún sonido.

     Los Pelolindo no eran gente de emociones estruendosas. Parcos, flacos, pálidos, de párpados caídos, vestuario anacrónico, eran siete en total. Se las acomodaban para vivir en el modesto apartamento de tres habitaciones y un baño de la abuela, Dolores de Pelolindo, matriarca doblada por la escoliosis quien a duras penas recorría las habitaciones de la casa con un plumero desvencijado para borrar las huellas del polvo.

     Era una familia humilde de contadas aspiraciones en la vida. Sin títulos universitarios ni cargos laborales de importancia, llenaban la despensa gracias a un único atributo: su boyante cabellera. Una melena fulgurante, negra, lacia, que desprendía una fragancia aromática, similar a la del fruto de la vainilla y que heredaron de su abuelo, el difunto Fausto Pelolindo.

     No era de extrañar entonces que su nombre figurara en el mundo de los comerciales como extras para tintes, mascarillas capilares, productos para prevenir la calvicie, catálogos de salones de belleza y champúes. Incluso había quienes se asomaban en los balcones vecinos o sacaban sus sillas en las tardes de cielo encapotado, solo para ver la brisa batir las hebras filiformes que posaban en magnífico orden sobre aquellas cabezas. Era sin duda un espectáculo. De allí que aquella noche, la del 2 de mayo de 1965, aguardaran ansiosos una llamada tras una cortina de humaredas de café

     Consuelo de Pelolindo, nuera de Dolores de Pelolindo, cuñada de Esperanza Pelolindo y Clemente Pelolindo; tía de Silvestre Pelolindo, madre de Salvador Pelolindo y esposa de Benigno Pelolindo, estaba dando a luz a su segundo hijo: el próximo Pelolindo.

     Con más de doce horas de labor tenía a todos sus parientes en vilo, hasta que el timbre del teléfono sonó y trajo con el levantar del auricular la noticia: era varón, se llamaba José del Refugio y había sacado la melena Pelolindo.

     Una sonrisa modosa se formó en sus rostros y cada uno se fue retirando. Dirigiéndose hacia la cocina comenzaron a lavar, secar y guardar parsimoniosos la jarra, las tazas, las cucharillas, la bolsa del café. Había surgido una exaltación, un sentimiento de entusiasmo. Era hora de dormir.

    José del Refugio era una criatura desvaída, ensimismada, famélica, de párpados caídos; un recién nacido que no llamaba la atención de nadie, excepto por su abundante y fragante pelo azabache; único atavismo que le bastaba a su madre, Consuelo de Pelolindo, quien con los pechos hinchados de leche, los pezones adoloridos, amamantaba al recién nacido, al tiempo que llamaba a los productores de televisión para anunciarles que ya tenía en sus brazos a la parte trasera de la próxima cabecita del bebé Menen.

    Por ser el menor del clan pasó a ser el consentido de la casa. Unos fugaces mimos sobre el flequillo y su afiche sosteniendo en absoluto estado de letargo una colorida jirafa de goma en una de las paredes más significativas del apartamento lo confirmaba.

     Cuando cumplió los 3 años dejó la ceñida cuna y durmió en la parte baja de la litera, situada al lado de la cama de sus padres, debajo de su hermano Salvador; aunque a veces solía irse a hurtadillas a la alcoba de su abuela o al sofá-cama que extendía en las noches en la sala su tío Clemente. Nunca para la habitación de su tía Esperanza, porque su primo Silvestre, el antiguo niño mimado, lo podía echar a patadas.

     A los siete ingresó al preescolar. Iba retrasado en comparación con los otros niños de su edad, pero los Pelolindo no se preocupaban, ya que cada miembro de la familia había pasado por eso; tampoco les intranquilizaba que a la vuelta del colegio siempre lo encontraban solo, de pie en el salón, con su impecable overol azul marino, franela roja, pelo engominado y peinado a lo Gardel, extendiendo una notificación que sus padres debían firmar.

     La queja de la maestra era la misma de siempre: José del Refugio no jugaba con los cubos de madera, no le interesaba lanzarlos al azar y descubrir en sus caras números o letras. No dibujaba ni coloreaba. No se aprendía la historia del Gato con botas. Solo miraba por la ventana y cuando el viento soplaba, sacudiendo su melena, dejaba todo lo que estaba haciendo para sacar el peine que tenía escondido en su mochila y colocar en su lugar cada uno de sus magníficos cabellos.

     Eran sus sueños, sí, sus sueños, los que lo apartaban de inoportunos hexaedros que al unirse formaban la palabra “Casa”. Sin decirlo, sin saberlo, José del Refugio era el único Pelolindo que atesoraba deseos. Inexpresivo, insípido como el resto de sus consanguíneos, en el fondo de su desvaído ser germinaba la semilla de la imaginación exaltada. A través del ventanal, su cabecita volaba a donde sonaban las claquetas, se encendían las cámaras, micrófonos y focos, para dejarlo pasar a él, al niño, al futuro hombre con el cabello más hermoso del mundo. Sería una estrella, y los dientes de aquel peine que fastidiaban a la maestra con su lección de “A de abeja. B de burro. C de conejo”, no hacían más que alisar su imponente futuro.

     Nunca dejó de soñar con los ojos abiertos. Así, con esa tenue llama de pupila dilatada, lo sorprendió el tiempo, la adolescencia. José del Refugio ya no era el chiquillo del traje de una sola pieza y franela roja. Le había cambiado la voz, ensanchado levemente la espalda. Las hormonas se habían paseado a sus anchas por su rostro, abrazándolo con una sábana de acné y una rejilla de hilos metálicos sobre sus dientes. Lo único que quedaba del niño posando estático junto a una jirafa de hule, era la cabellera oscura y rozagante.

     Una mañana como cualquier otra se levantó para ir al liceo. Taciturno como todos los demás, hizo la cola para ir al baño del estrecho inmueble. Esperó paciente. Apenas llegó su turno entró y se metió en la ducha. Abrió la manilla, enjabonó su cuerpo y comenzó a lavar cuidadosamente su melena, usando los productos que sobraban de los castings y que su madre recolectaba para reducir gastos. Puso sus pies sobre el tapete del baño. Restregó la toalla sobre su cabeza y sintió como un mechón de su llana cabellera comenzó a ensortijarse. Al principio pensó que se trataba de una alucinación, pero al deslizar su mano sobre su cabeza percibió la presencia de un bucle tupido y tambaleante sobre su nuca, luego otro, otros, hasta que preso del pánico corrió y se detuvo frente al espejo.

     Sus ojos desorbitados no daban crédito a lo que veían. Había acontecido un hecho monstruoso. Su pelo había dejado de exudar el olor de la vainilla. Ya no era lacio, azabache, mucho menos radiante. Era un tieso nido castaño, reseco, henchido y resquebrajado.

     Abrió de golpe la puerta del baño, dejando escapar con la nube de pavor un grito que descubrió la figura de un hombre joven, de pocas carnes, cubierto de sus caderas para abajo con una toalla, y con los dedos atrapados en un enjambre capilar.

     Fue el hazmerreír de su primo Silvestre, quien no desperdició ocasión para apuntarlo con el dedo, despreciarlo y llamarlo: “Pelomalo”. Se había deshecho su porvenir, esfumado sus sueños. ¿Cómo pasó? ¿Qué o quiénes pudieron ser los culpables? Por su mente pasaron veloces como balas un sinfín de hipótesis: ¿la toalla?, ¿el agua?, ¿la hora? Ni por un segundo sospechó del ADN, moléculas que lo vinculaban con su abuela materna —que en paz descanse—, quien tenía un cabello en tirabuzones que colgaba por encima de sus hombros, maltratado, marchito, infestado de horquetillas. No, esa era una responsabilidad demasiado científica, compleja, y él nunca aprendía nada en las clases de Biología. La culpa era de su madre. Sí, de la insensatez de su madre, de esa tendencia mezquina de escatimar cada centavo que debía gastar y recoger las muestras de los comerciales.

     —¡Ya no tengo el cabello lindo por tu culpa! ¡Por estar trayendo a la casa champúes baratos! —gritó José del Refugio por primera vez en su vida, encerrándose en uno de los cuartos.

     Lloró desconsolado, como nunca lo había hecho, como no sabía que se podía hacer, fluctuando entre la depresión y el desespero.

     Mientras tanto, en el corredor que llevaba a las habitaciones, los Pelolindo caminaban en fila india, de un lado a otro sin saber qué hacer. Sus caras denotaban el esfuerzo, sacrificio que no producía ninguna clase de resultado. Si tan solo pudieran pensar por sí mismos, tener más de una emoción, pero sus cerebros, protegidos por el cráneo, la piel que lo revestía y sus espléndidas cabelleras, no estaban acondicionados para ello.

     José del Refugio durmió dos días consecutivos para reponerse de esa agresiva sacudida anímica. Despertó sediento y su afiche ya no estaba, lo mismo que sus citas para los castings. Sus aspiraciones de convertirse en la futura melena del acondicionador de turno se desvanecieron aquel día y la repetitiva imagen de una apretada onda de puntas quemadas y hebras partidas, se erigió como un espectro para atormentarlo de día, de noche, en el más profundo dormitar; por el resto de su vida.

     Desengañado afrontó la realidad; estudió lo más que pudo, se graduó a duras penas de bachiller y empezó a trabajar como ayudante de sombrerero. Comenzó su lucha por escapar de su fama de “Pelomalo”.

   Su obsesión lo ayudó a perfeccionar prendas para cubrir la cabeza; para encarcelar las enmarañadas cerdas de aquel vil, deforme afro. Poco a poco su encubierta obcecación hizo que aventajara a su jefe y se convirtiera en un famoso empresario. Boinas, gorros, cascos, cachuchas, pañoletas, chisteras, exquisitos bonetes estaban entre sus más famosas creaciones. Todos, absolutamente todos: niños, adultos, adolescentes, ancianos, desfilaban por las calles con sus refinadas piezas, con los anhelos incumplidos del único Pelolindo que soñó en grande.

     Pronto se hizo famoso, pero el dinero no lo entusiasmaba, tampoco lo impresionaba que toda una nación se identificara y aplaudiera su trabajo. Era lo de menos. Solo quería asomarse en una ventana e imaginar que debajo de aquella copa, ala de tela y de cartón saltaba su perfumada cabellera azabache. Volver a ilusionarse con los ojos abiertos.

     Un día, y como ya era hora, contrajo nupcias con una joven de melena más o menos aceptable, pero algo andaba mal: ya no había espacio en la casa de la abuela. Nunca le pasó por la cabeza que ya eran muchos viviendo en el limitado inmueble, así que no le quedó otra que pensar, y mientras duraba este proceso, él y su esposa, Victoria de Pelolindo, vivieron varios meses en la oficina de la compañía, hasta que una madrugada a José del Refugio se le ocurrió una idea: comprar y mudarse al apartamento que estaba en venta y al lado del de su abuela, Dolores de Pelolindo; de su hogar.

     Bastaron nueve meses para que las tazas con café salieran nuevamente de la cocina de la familia Pelolindo. Apiñados alrededor del oscuro teléfono inalámbrico, esperaban atentos, silentes, una llamada. Revolvían la infusión de la fruta del cafeto, soplando pausados para no quemar la punta de sus lenguas.

     Luego de varias horas de labor, Victoria de Pelolindo pujaba en un quirófano al nuevo integrante de la familia manteniendo a todos despiertos hasta altas horas de la noche. El teléfono por fin sonó y trajo la noticia: era varón, se llamaba Franco Pelolindo y había sacado el cabello de su padre.

     Los Pelolindo, parcos, flacos, pálidos, de párpados caídos, caminaron con mueca infausta hacia la cocina y comenzaron a lavar, secar y guardar parsimoniosos la jarra, las tazas, las cucharillas, la bolsa del café. Había brotado un sentimiento de pesar en el día. Era hora de acostarse.

Texto publicado en Letralia, Tierra de Letras el 23 de agosto de 2010.