Lago Minneapolis Minnesota

Boom Island Park / Irina López

Pasaporte para lo incierto

La sabiduría que no se enseña en un aula

Domingo de parrilla en Hopkins. Mientras los asistentes de la fiesta veraniega se preocupan por servirse otro trago, José camina hacia la rejilla humeante para terminar de cocinar las carnes que los anfitriones, en medio del jolgorio, han olvidado. No se mueve del lugar hasta concluir la misión que él mismo se ha encomendado, y solo habla con quien se le acerque.

Decir que en medio de este escenario su presencia resulta la efigie de la prudencia, puede sonar a hipérbole causada por los 91 ºF  de la tarde.

Hombre de frases breves pero con buena puntería, llegó a Minnesota hace 15 años.

Hondureño de nacimiento y salvadoreño de crianza, su hasta luego a las tierras mayas no fue un hecho inadvertido, pues desde chico soñó con venir a los Estados Unidos: «Tenía muchas amistades en este país, familia, y siempre me dije que si algún día se me presentaba la oportunidad, lo haría». Llamando esta a su puerta en 1995, cuando abandonó su posición como jefe del almacén de películas en Honduras y el gobierno lo indemnizó con 18 mil dólares por sus 12 años de servicio. En ese momento supo que su «ahora» se había presentado; que contaba con los recursos necesarios para materializar el anhelo de su infancia.

José sella dos de las carnes y las coloca en la rejilla superior de la parrilla, donde el fuego no pueda deslustrarlas. Primero el trabajo, luego la conversa.

Cuando arribó al norte del norte, una hermana de una excompañera de trabajo lo esperaba en la ciudad de St. Paul para darle albergue. «La primera impresión que tuve de los Estados Unidos fue que nosotros (los hispanos) no sabemos el idioma. Es duro, querés ir a la tienda, querés preguntar por algo y tú no sabes cómo hacerlo (…)  Estuve casi siete meses sin trabajar porque no conocía a nadie, a excepción de la persona que me recibió aquí. Ella tenía dos trabajos y no tenía tiempo para llevarme a aplicar, y yo no tenía otros amigos; del inglés solo sabía palabras.

Me entretuve corriendo. En el verano salía todos los días a trotar desde las 12:00 del mediodía hasta las 2:00 de la tarde. Ida y vuelta».

Y como la vida puede, cuando quiere, dársela de humorista, esa recreación fue la que le dio la oportunidad a José de obtener su primer empleo.  

«Estaba trotando y tenía que ir a un baño –confiesa discreto, sonriendo con singular cortesía–. Entré a un restaurante y vi mucha gente hispana; les pregunté que sí había trabajo disponible y me dijeron que sí. Yo les dije que no hablaba inglés. A los tres días me llamaron para contratarme como preparador de comida».

Al cabo de un año tuvo dos trabajos, estudió inglés y durmió poco, pero durante ese tiempo, José, el exdirector del almacén de películas de Honduras nunca pensó en regresar. «Primero, porque me gustaba los Estados Unidos, y segundo, porque yo sabía que salir del país de uno significa sufrir, porque nunca va a ser como estar en tu tierra. Vas a la casa de alguien y nadie te da comida, porque nadie te conoce. Aquí sin dinero no comes. Pero como estaba acostumbrado a trabajar, no se me hacía difícil vivir aquí».

Cuando entre fumaradas de carne se le interrumpe para preguntarle si fue acertado permanecer meses en otra geografía pasando dificultades, José se seca la frente, entrelaza sus dedos y responde sin ninguna duda: «Después de estar aquí y encontrar un trabajo, uno se va adaptando a otro tipo de estilo de vida, idioma; uno va creando su propio ambiente. También se gana más de lo que se gana en nuestros países, hay más facilidades para todo. Si tú tienes trabajo puedes comprar lo que tú quieras: casa, carro, lo que querás, y en menos tiempo de lo que puedes imaginar. Dependiendo de lo que se gane. ¿Lo del idioma?, eso depende de tu persona. Si tú le pones empeño, aprendes».

Pausado y sin rubor admite que no llegó a culminar la secundaria. Tal vez porque sabe de sobra que una cosa es la inteligencia académica y otra, la habilidad financiera; que esta última no se adquiere en pizarrones. Por ello los tópicos trabajo y dinero tienen una importancia capital en su vida. «En este país yo he aprendido a valorar mucho lo que tengo. Hay personas que lo tienen todo en su país de origen, pero no saben valorarlo. Si tienen dinero, no saben cómo usarlo para poder sobrevivir, entonces aquí yo tengo otra mentalidad que la tenía antes, pero no tenía lo suficiente para ponerla en práctica. Ahora puedo hacerlo. Estoy trabajando en eso. (…)  Me tomó 15 años. Sí, es bastante tiempo (…) pero aquí depende de la suerte que tengás y de cómo te desarrolles (…) Hoy día soy ciudadano estadounidense, jefe de mantenimiento del gobierno de Minnesota, tengo mi casa y una compañía pequeña de limpieza, registrada hace cuatro años».

También una hija de 9 años nacida en Minnesota y que vive con su exesposa en Texas, a quien procura motivarla para que haga las cosas mejor que él, para que finalice sus estudios. 

«Yo le explico lo que cuesta ganar el dinero y lo que significa venir aquí sin saber hablar el idioma, para que ella sepa valorar lo que tiene. Ahora estoy concentrado en ella. Quiero sacarla adelante, que tenga el dinero que yo no tuve, que escoja una carrera».

El tema de la vuelta a la patria lo aclara, y al hacerlo le saca un suspiro. «Me siento más salvadoreño», por eso debe ser que la nostalgia le huele a molienda, a los bueyes que sus abuelos le mandaban a arriar a las 3:00 de la mañana para meter la caña en el trapiche, y sacarle el jugo. «¡Ay, cómo me gustaba eso! Meter la yuca sancochada, los ayotes. Eso es tan lindo. Son muchas las cosas que extraño, pero esto es así», despide con la resignación propia de quien ha decidido no mirar el camino dejado atrás.

Sin embargo en su futuro la palabra regreso se repite como un eco. No descarta la idea de volver a El Salvador y establecer un negocio allá. Solo que antes debe esperar a que su hija cumpla los 18 años para poder jubilarse, para poder llevarse consigo el cheque gubernamental, además de otro desenvolvimiento social, además del inglés.

Sus raíces, esas que siempre permanecieron intactas, también volverán. «Hay mucha gente que cambia –sentencia–, que regresa y porque vienen de los Estados Unidos no le hablan a las personas. Incluso aquí, algunas personas que ya han obtenido la ciudadanía ya no le quieren hablar a otro que no tenga papeles.  Los ven de menos. Yo vine así, así soy y así me voy», concluye al tiempo que le pasa levemente el cuchillo a las carnes asadas, rosadas en su centro.

«¡Traigan sus platos! ¡Hora de comer!».