flores amarillas naranjas artificiales tela
Flores artificiales / Foto: Irina López

     Recuerdo que de niña me daba pavor pisar las lápidas en los cementerios. Pensaba que el peso, ruido, quizás el temblor de mis pasos podían despertar a los muertos, y nadie que viese interrumpido su sueño podía levantarse de buen humor. La sola idea de una mano furiosa, podrida saliendo de la tierra para halar mis tobillos y darme un buen escarmiento, avivaba mis temores infantiles.

     Mi mamá casi nunca podía con el dolor de la pérdida ajena, que siempre sentía como suya, menos con mi monomanía de ser cargada en los entierros. Eso me quedaba bien a los cuatro años, pero a los diez era una «ridiculez», decía al tiempo que me preguntaba con ojos lacrimosos el porqué le hacía eso durante sus momentos de gran tristeza. Yo bajaba la cabeza apenada e intentaba explicarle que lo que menos quería era causarle otro pesar, pero que tampoco quería ocasionárselo a un cadáver perturbando su reposo; que un brazo rompería el cemento, sujetaría mis piernas para arrastrarme consigo abajo, a su cama hecha de restos de lo que una vez fue humano, de tristezas y de castigo; y la progresión de cosas espantosas que le pasaban a los vivos, ahí, cuando disgustaban a quienes estaban en el más allá. Pero ella nada, como si no me escuchara, cuestionando si no me daba vergüenza tullirles los brazos a mis pobres tíos solo para satisfacer los caprichos de una tarajalla de diez años.

     Luego de ese sentimiento de culpa, no me quedaba otra que resignarme y sostener el ramo de crisantemos amarillos envueltos en papel periódico que siempre compraba mi abuela; porque a los muertos había que llevarles flores de muertos. Eso de orquídeas, aves del paraíso y calas era echarle en cara la vida a quienes la perdieron; una falta de respeto. Así que como solo contaba conmigo misma, tuve que cambiar de estrategia. Fue así como comencé a saltar, saltar mucho alrededor de las tumbas, pero sin llegar a tocar una de ellas. Esfuerzo que no importunaba a ningún difunto, pero que dejaba en el trayecto un mapa de pétalos rubios y delgados regados por doquier. Pompones raquíticos que pendían de tallos largos frente a la mirada incrédula de mi abuela.

     Al fin había aprendido a escapármele a los muertos, solo que ahora tenía que vérmelas con los vivos. Pero el intrincado y meticuloso proceso de evasión de camas del inframundo acaparaba tanto mi atención que no terminé sintiendo ni las nalgadas ni los pellizcos.

     La técnica era más o menos la siguiente: lo primero consistía en detenerme a observar para así poder planear. Si los sepulcros estaban recubiertos en su totalidad con mármol o cemento, la tarea se tornaba mucho más fácil, porque podía calcular, brincar y esquivarlos, pero si se trataba de cementerios de césped, los sin trazos, donde los rectángulos estaban abiertos a la interpretación, debía hacer uso de la geometría mental y de todas mis habilidades físicas.

     En este caso era fundamental leer las inscripciones de las lápidas para saber si se trataba de un niño o adulto; después calcular el tamaño promedio del cuerpo e imaginar los cuatro ángulos rectos. Pasar de puntillas por los costados, porque el objetivo era no pisarle la cabeza o alguna extremidad a uno de esos sujetos; la rabia producto del golpe podría ser desproporcionada. Luego, esta era la parte más complicada, saltar hacia una de las esquinas del rectángulo imaginario sin caer sobre él. Sin duda esto representaba un desafío para una niña como yo, por el uso de las faldas y vestidos. No para los varones, si su necesidad de mostrarse fuertes les hubiese permitido admitir que tenían tanto miedo como yo, que con cada crujir de una rama o paseo de una lagartija movían agitados sus pupilas como pelotas de ping pong. Ellos podían abrir sus piernas libremente alcanzando otras distancias, sin que sus madres los arrastraran a escondidas por las orejas por estar enseñando las pantaletas en pleno entierro.

     Pero lo peor de mi ansiedad infantil no era el desgaste que ocasionaba no encarar ese temor. Era estar una hora parada sin poder moverme porque algunas veces quedaba atrapada en el pedacito de tierra que separaba a dos tumbas. Ver muda de terror la lentitud con la que la grúa deslizaba el sarcófago; a los sepultureros poner capas de tierra y de cemento, escuchar al cura pedir a Dios paz para esos restos, y notar cómo decenas de flores aterrizaban sobre una tapa de madera, convirtiendo aquel hueco marrón en un estallido multicolor. Lo malo eran los calambres en mis piernas a causa de la inamovilidad, el pánico ante la posibilidad de que Don Cristóbal Gallardo, 1850-1920, descubriera que fui yo quien aplastó su dedo gordo sin querer; que después de toda esa función de geometría avanzada, gimnasia, me fuera imposible salir corriendo si un cadáver furibundo me encarara. Ser juzgada y castigada por la jauría de residentes unidos; colectivo de esqueletos que vengarían el dedo de Don Cristóbal, seguramente el presidente de esa junta vecinal.

     Siempre me iba de ese malévolo lugar arrastrando los pies, dándole chance a la sangre para que volviera a circular con normalidad, y a los músculos para que recobraran su movilidad. Me iba adolorida pero aliviada, sabiéndome pionera: la primera niña en desarrollar ese método, en redactar las instrucciones.

     Quería jugar, llegar a mi casa e ir directo al parque que estaba cerca. Mecerme durísimo en los columpios para estrellar mi sonrisa contra el viento. Era mi fiesta postfuneral personal, hasta que en una de esas tardes grises en las que las lluvias encierran a las personas con sus culpas, a mi abuela le dio por llevarle flores a sus difuntos cada domingo; para que estos se sintieran menos solos, para mantenerlos presentes.

     Ese día no hubo columpio que me meciera hasta la cumbre, donde yo creía que nacía el aire, solo me tiré sobre mi cama a llorar. «¡No quiero ir! ¡No quiero ir! ¿Por qué me obligan si saben que me da miedo?», decía desconsolada sobre sábanas de Mi vecino Totoro, bocabajo, con mi brazo de niña doblado debajo de mis ojos mojados, con mi puño cerrado propinándole tundas al susuwatari estampado que tenía más cerca.

     «¡Malagradecida! ¡¿No quieres visitar a tu tía Maruja?! ¡¿A tu abuelito?! Tanto que te querían tu tía Maruja y tu abuelito», replicaba mi madre profundamente decepcionada, al tiempo que contemplaba los retratos que reconstruían la memoria de su tía y de su padre.

    Desde entonces se volvió una tradición ir cada domingo a las once de la mañana a limpiarles las sepulturas y colocarles flores, a ellos, luego a otros familiares, a los familiares de los familiares, a algunos amigos de los familiares, y a vecinos. Gente que comencé a conocer a través de puros epitafios.

     Mi abuela, con un corazón más grande que las doscientas cuarenta y seis hectáreas de ese camposanto, pero de monedero enano y blindado, suplantó más pronto que tarde los vibrantes crisantemos amarillos por unos de plástico. Y como mi única misión era la de ayudante de doliente, estaba en la obligación de sujetar los pétalos apiñados, falsos, mientras ella pedía prestada una manguera y transformaba esa tumba en una batea para sacarle a juro la mugre a su arreglo floral sintético.

     Yo no podía imaginar cómo esa devaluación podía afectar la autoestima del un muerto. Creo que en mi cabeza eso era tan bajo como pisotearle la barriga a uno de los difuntos más famosos del lugar, a los señores de los libros: a un condecorado Carlos Meyer Baldó, al célebre Rómulo Gallegos, a la extraordinaria Teresa de la Parra, o la ocupada María Francia; despertarse por la falta de aire producto de un pisotón y encima verse honrados con una imitación de vida, con coronas de flores tiesas, idénticas, con pequeños defectos de fábrica; los errores del hombre cuando pretende crear lo hecho por la naturaleza.

     Después de muchos años logré superar la desconfianza que me generaban los cementerios. Mi psicóloga alegaba que era un rechazo inconsciente a la inevitabilidad de la muerte; mi esposo creía que era una aversión alimentada por supersticiones o películas de terror; mi mamá, «una cosa de muchachos»; mi papá solo se reía. Durante los réquiems no faltaba un primo que todavía me dijera al oído: «Amanda, le estás echando a perder el peinado a Miguelina González. 1943-1996». Chistes que de adulta perduraron y que surgieron entorno a esa rayuela imaginaria para no pisar cuerpos enterrados. Burlas que nos sacaban carcajadas en los momentos menos adecuados. Sin embargo, la presencia de flores de plástico en el pedazo de suelo que contiene lo que fue un ser querido, siguió arrugándome el ánimo.

     Hoy es 10 de junio, las frazadas de tierra oscura y de cemento comienzan a acoplarse. Apenas han pasado dos semanas desde que aquel carro con sus faros apagados no me vio. Mi abuela, mucho más anciana, con sus piernas temblorosas, pies a rastras, todavía tiene el gesto hermoso de traerme flores rubias y naturales. No sabe cuánto se lo agradezco, pero si también supiera que ella es la única razón por la que me mantengo despierta. Si tan solo dejara cada domingo a las once de la mañana de hincarme su bastón.

 

Texto publicado en La tierra del cacao el 20 de febrero de 2011.