La Virgen de la Leche detalle
Escultura medieval de la Virgen de la Leche en el Minneapolis Institute of Art / Foto: Irina López

     Tazas de café salían de la cocina de la familia Pelolindo. Apiñados alrededor del teléfono esperaban inquietos a que el aparato grisáceo de disco de marcado y cable ensortijado, repicara, emitiera un sonido.

     Los Pelolindo no eran gente de emociones anchas. Ensimismados, inexpresivos, flacos, de párpados caídos, eran siete en total. Se las acomodaban para vivir en el modesto apartamento de tres habitaciones y un baño de la abuela, Dolores de Pelolindo, matriarca doblada por la escoliosis que con pies que todavía la llevaban a todos los rincones, borraba con un plumero el polvo, lo tocado, lo visible.

     Repletos de carencias económicas y pocas ambiciones ajustadas a resolverlas; sin títulos universitarios ni cargos laborales de importancia, pagaban los recibos y llenaban la despensa gracias a un único atributo: su boyante cabellera. Una melena fulgurante, negra, lacia, que desprendía una fragancia aromática similar a la de la lavanda, la cual heredaron de su abuelo, el difunto Salvador Pelolindo.

     No era de extrañar entonces que su nombre figurara en el mundo de los comerciales como extras para champúes, mascarillas capilares, productos para prevenir la calvicie y catálogos de salones de belleza. Incluso había quienes se asomaban en los balcones vecinos o sacaban sus sillas en las tardes de cielo despejado, solo para ver la brisa batir las hebras filiformes que posaban en magnífico orden sobre aquellas cabezas. Era sin duda un espectáculo visual, olfativo; una experiencia relajante. De allí que aquella noche, la del 10 de octubre de 1965, aguardaran atentos una llamada.

    Consuelo de Pelolindo, nuera de Dolores de Pelolindo, esposa de Primero Pelolindo, madre de Clemente y Benigno Pelolindo, cuñada de Segundo Pelolindo, estaba dando a luz a su tercer hijo: al próximo Pelolindo.

     Con más de doce horas de labor tenía a todos en vilo, hasta que el timbre del teléfono sonó y trajo con el levantar del auricular la noticia: era varón, se llamaba Silvestre y había sacado la melena Pelolindo.

     Satisfacción que dibujó una sonrisa en esos rostros de pizarra poco usada y que los obligó a ir a la cocina a lavar, secar y guardar parsimoniosos sus tazas. Había surgido una exaltación en el día. Era hora de dormir, de descansar.

     Envuelto en una manta y ropas amarillas pálidas, Silvestre era una criatura enjuta, de ojos grandes y párpados de persianas torcidas; un recién nacido que no llamaba la atención de nadie, excepto por el cabello suave y fragante que lo tapizaba como terciopelo negro. Galardón que le bastaba a la madre, quien sin muchos sobresaltos le daba el pecho mientras llamaba a las agencias de audiciones. Debían saber que ya había nacido la próxima parte trasera de la cabecita Johnson’s Baby.

     Por ser el menor del clan pasó a ser el consentido de la casa. Lo confirmaba su foto en la pared principal de la sala, esa en la que aparecía en un carrusel. Él sentado estático, de lado, sobre un caballo blanco que saltaba por siempre clavado en una barra. El animal con ojos de resina. Silvestre mirando la nada. Dos criaturas inanimadas en un misma imagen.

     La primera transformación de su mundo ocurrió al cumplir los 3 años, cuando las piernas ya se le salían por los laterales de la cuna. Hecho que obligó a sus padres a ponerlo a dormir en la parte baja de la litera; al lado de la cama de su hermano mayor, Clemente, debajo de su hermano Benigno. Cambio que obligó al pequeño Silvestre a escabullirse en la alcoba de su abuela o en el sofá-cama que extendía en las noches en la sala su tío Segundo, ya que Benigno, el antiguo niño mimado, lo corría sin decir una sola palabra.

     A los ocho ingresó al preescolar. Iba retrasado en comparación con los otros chiquillos de su edad, pero los Pelolindo no se preocupaban, ya que cada miembro de la familia había pasado por eso; tampoco les intranquilizaba que a la vuelta del colegio siempre lo encontraban solo en el salón, de pie como un monolito, extendiendo una notificación que sus padres debían firmar.

     La queja de la maestra era siempre la misma: Silvestre no jugaba con los cubos de madera, no le interesaba lanzarlos al azar y descubrir en sus caras números o letras. No dibujaba ni coloreaba. No se aprendía la historia del Gato con botas. Solo se sentaba al lado de la ventana en la que el sol hacía brillar más su cabello, y sacaba de un bolsillo un pequeño peine para poner en su lugar cada uno de sus magníficos pelos.

     Eran sus sueños, sí, sus sueños, los que lo apartaban de inoportunos hexaedros que al unirse formaban la palabra «dedo». Sin decirlo, sin tener suficiente edad para saberlo, Silvestre era el único Pelolindo que atesoraba deseos. Ahí, en lo más hondo, donde debía haber silencio, hacía un ruido de claquetas, cámaras y reflectores. A través del ventanal su cabecita podía volar a los estudios donde se forjaban la fama y la gloria de los hombres; a los lugares que harían de él, el niño, el ser humano con el cabello más hermoso del mundo. Sería una estrella, y los dientes de aquel peine que fastidiaban a la maestra con su lección de «A de abeja. B de burro. C de conejo», solo aceleraban su futuro.

     Nunca dejó de soñar con esos ojos que miraban como si todavía no supieran cómo hacerlo. Así, con esa tenue llama de pupila dilatada lo sorprendió el tiempo, la adolescencia. Silvestre ya no era el chiquillo del traje de una sola pieza y franela roja. Le había cambiado la voz, ensanchado levemente la espalda. Las hormonas se habían paseado a sus anchas por su rostro, abrazándolo con una sábana de acné y una rejilla de hilos metálicos sobre sus dientes. Lo único que quedaba del niño retratado en un carrusel, era la mítica melena.

     Una mañana como cualquier otra se levantó para ir al liceo. Taciturno como todos los demás, hizo la cola para ir al baño del estrecho inmueble. Esperó paciente. Apenas llegó su turno, entró y se metió en la ducha. Abrió la manilla, enjabonó su cuerpo y comenzó a lavar cuidadosamente su pelo con los productos que sobraban de los comerciales, los que su madre se llevaba a escondidas para reducir gastos. Puso sus pies sobre el tapete. Restregó la toalla sobre su cabeza y vio como un mechón tieso comenzó a guindar sobre su frente como un ahorcado. Seguro de que se trataba de una alucinación pestañeó rápido, unas cuatro veces para resetear la vista, pero aquella cosa semiviva estaba ahí. Confundido pasó su mano por completo sobre su cabeza, y preso del pánico corrió, se detuvo frente al espejo.

     Abrió de golpe la puerta del baño y un grito cortó en dos el vapor hasta descubrir la figura de un hombre joven, de pocas carnes, cubierto de la cintura para abajo con una toalla, y los dedos atascados en una maraña castaña, suerte de remolino reseco en la coronilla que botaba como púas mechones en la nuca y en las entradas.

     Ocasión que no desperdició Benigno para utilizar todo su arsenal en su dedo índice, al tiempo que lo señalaba y lo llamaba Silvestre Pelomalo.

     Se había deshecho su porvenir. ¿Cómo ocurrió eso? ¿Qué o quiénes eran los culpables? Por su mente pasaron veloces como balas un sinfín de hipótesis: ¿la toalla?, ¿el agua?, ¿el clima? No lo hicieron las hormonas, tampoco el ADN, el otro, el que lo vinculaba al padre de su abuela materna, que en paz descanse, quien tuvo por cabello un enjambre al que solo pudo controlarlo rapándolo con la máquina. No, esa era una filiación científica, compleja, y él nunca aprendía nada en las clases de Biología. Quien le había hurtado su melena, su vida planificada había sido su madre. Ella con su insensatez de escatimar cada centavo, de condenarlo a usar cada día sobras, productos usados.

     —¡Ya no tengo el pelo bonito por tu culpa! ¡Por estar trayendo a la casa champús baratos! —gritó Silvestre por primera vez en su vida, encerrándose en su cuarto, en el domicilio de otras dos personas.

     Lloró desconsolado, como nunca lo había hecho, como no sabía que se podía hacer, en una agonía en la que tomaban turnos la incredulidad y el desespero.

     Mientras tanto, en el corredor que llevaba a las habitaciones, los Pelolindo caminaban de un lado a otro sin saber qué hacer. Sus caras denotaban el esfuerzo que no producía ninguna clase de resultado. Si tan solo pudieran formar ideas, tener más de una emoción, pero como el 80 % de sus buenos átomos fueron a parar al cabello y el 20 % debajo del promedio tuvo que hacerse cargo del resto, sumisos se entregaron a la confusión.

     Silvestre durmió dos días consecutivos para reponerse de esa agresiva sacudida anímica. Despertó sediento y su foto ya no estaba, lo mismo que sus citas para los castings. Solo estaban presentes su realidad de puntas quemadas y hebras partidas, además del aroma fresco, herbáceo que se repetía en las cabezas de todos sus parientes como un eco.

     Desengañado estudió lo más que pudo y se graduó a duras penas de bachiller. Tenía otro plan: empezar a trabajar como ayudante de sombrerero; aprender un arte que lo ayudase a ocultar de su fama de Pelomalo.

     Y fue esa obsesión por esconder su deformidad la que lo convirtió en un creador de belleza, pero para cabezas ajenas, en un llamado genio que no tardó en aventajar a su jefe y maestro.

    Boinas, gorros, cachuchas, chisteras, exquisitos bonetes estaban entre sus creaciones más famosas. Muchos desfilaban en las calles con sus refinadas piezas, con los anhelos incumplidos del único Pelolindo que soñó en grande.

     Era famoso, pero eso ni el dinero lo entusiasmaban, tampoco las distinciones. ¿Que una nación reconociera y alabara su talento? Nada de eso tenía importancia. Solo echaba de menos su antiguo derecho, los ventanales.

    Un día, siempre con una sombra en la cabeza, contrajo nupcias con una joven simplona de cabellera aceptable: Victoria. Pero algo estaba mal. Ya no había espacio en la casa. Solo que ya no había espacio en la casa. Nunca notó que eran muchos viviendo en un pequeño inmueble, así que no le quedó otra que pensar, y mientras duraba ese proceso, él y su esposa vivieron varios meses en su despacho, en la compañía; hasta que una tarde a Silvestre se le ocurrió comprar y mudarse al apartamento que estaba en venta y al lado del de su abuela, Dolores de Pelolindo; de su hogar.

     Nueve meses bastaron para que tazas de café salieran nuevamente de la cocina de la familia Pelolindo. Apiñados alrededor del teléfono esperaban atentos, silentes, una llamada.

    Luego de varias horas de parto, Victoria de Pelolindo traía al mundo al nuevo integrante manteniéndolos a todos despiertos. El teléfono por fin sonó y trajo consigo la noticia: era varón, se llamaba Franco Pelolindo y había sacado el cabello de su padre.

     Los Pelolindo, parcos, flacos, pálidos, de párpados caídos, caminaron con mueca infausta hacia la cocina y comenzaron a lavar, secar y guardar parsimoniosos la jarra, las tazas, la bolsa del café. Había brotado un sentimiento de pesar en el día. Era hora de acostarse.

 

Texto publicado en Letralia, Tierra de Letras el 23 de agosto de 2010.